09 julio 2006

 

Arturo Pérez Reverte -- El pintor de batallas

[...] Hace mucho que no vuelvo a esa ciudad, y ahora deseo hacerlo de nuevo. Contigo, Fulques. Quiero que me ayudes a buscar la sombra de esa niña, y después, de vuelta al hotel, me la cosas de nuevo a los talones con hilo y aguja, silencioso, paciente, mientras me haces el amor con la ventana abierta y el frío de la laguna érizándote la espalda, mis uñas clavadas en ella, hasta que sangres y me olvide de tí, de Venecia y de todo cuanto he sido y cuanto me espera [...]

[...]También las gotas de agua en el rostro de Olvido y su mano izquierda deslizándose por la balaustrada de la escalera camino de la habitación, el crujido del suelo de madera, la alfombra en la que a ella se le enganchó el tacón de un zapato, el espejo enorme a la derecha donde la vio mirarse de soslayo al pasar, los grabados en las paredes del pasillo, la tenue luz amarillenta que entraba por la ventana cuando, ante la gran cama del dormitorio, tras despojarse de los abrigos mojados, él le alzó muy despacio el vestido hasta las caderas mientras ella le miraba los ojos en la penumbra con una intensidad fija e impasible, medio rostro iluminado apenas, bella como un sueño. En ese momento Faulques se alegró en su corazón - un gozo tranquilo y salvaje a un tiempo - De que no lo hubiesen matado ninguna de las veces que eso hubiera sido posible, porque en tal caso no estaría allí esa noche, desnudando las caderas de Olvido, y nunca la habría visto retroceder hasta recortarse en la cama, sobre la colcha intacta, sin dejar de mirarlo entre el cabello suelto y mojado de aguanieve que se le derramaba sobre la cara, la falda subida hasta la cintura, abriendo despacio las piernas con una deliberada mezcla de sumisión e impúdico desafío, mientras él, impecablemente vestido todavía, se arrodillaba ante ella y acercaba la boca, entumecida por el frío de la noche, a la oscura convergencia de aquellos muslos largos y perfectos, en cuyo centro latía cálida, suavísima, deliciosamente húmeda al contacto de sus labios y su lengua, la carne espléndida de la mujer a la que amaba. [...]

y en estas estaba yo cuando llegó el tren a su destino...

... y ahora estoy en casa con los arrugados billetes junto al ordenador marcando la página del libro que me regaló y que reservé para este viaje. Testigos mudos de que este fin de semana he vuelto a sentirme vivo.

Comments
El otro dia leí un artículo buenísimo de Reverte que me hizo reir un buen rato. Hablaba de un niño repelente que comía calamares en el restaurante del hotel junto a sus padres un tanto repelentes también. Ponía el ejemplo del niño como futuro hombre repelente funcionario o cajero de cualquier banco. Buenísimo.
Muy bueno tambien el texto de la entrada.
Rachel.
 
Jarrr... y te pudiste bajar? Seguro que el tren habría arrancado conmigo dentro, jaja...
Yo también recuerdo esa sensación... sentirse vivo... no hace tanto tiempo de eso... Te sigo leyendo, aunque se alargue el tiempo entre entrada y entrada! ;)
 
Le doy la razón a Maldita Siniestra, cada vez transcurre más tiempo entre entrada y entrada.
Sabes que Reverte y yo, no nos llevamos muy bien, jejejeje.
Me encanta que hayas sentido esa sensación de sentirte vivo.
Un beso, guapo.
 
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